¿Seguiremos viendo solo sombreros?

Entre rostros con las cejas casi tocando el tabique nasal y los ojos más grandes que la luna llena por el asombro de un festival navideño de una escuela primaria en el pueblo, me senté en el centro del auditorio municipal Mariano Abasolo y al abrirse lentamente el enorme telón rojo me sentí como pez en el agua o como zapatero a su zapato.

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Las luces que alumbraban las sillas en el auditorio bajaron de tono y el escenario principal se iluminó, las estrellas que colgaban lucían resplandecientes y la narradora concentrada en su papel presentó el primer número del festival, el enorme recinto quedó en silencio un par de minutos mientras volvía a abrirse el telón.

Con pasos juguetones los más pequeños abrieron la función vestidos de avión. En ese momento el auditorio a una sola voz de ternura exclamó ¡ah!, me imaginé la escena de las mamás charlando con la amiga o vecina de los festivales de fin de año.  – ¿De qué irá vestida tu hija al festival navideño? De la virgen María ¿y la tuya? – ¡De aviadora!

La obra literaria emergida en el año de 1943 por el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupery, El Principito, se mostró en distintos números que maestras, directivas, alumnas y alumnos prepararon para el festival. Y es que esperar a que la niñez a días de comenzar el año 2019 no salieran cantando pastores a Belén saco de onda a los presentes; ese evento escolar fue una refrescada de cultura general para niñas, niños y adultos, no solo porque Le Petit Prince es la obra literaria francesa más conocida de todos los tiempos, o porque es el segundo libro más traducido de la historia solo después de la Biblia, sino por sus innumerables enseñanzas de vida.

Niñas interpretando el papel del principito, educadoras de la sección de preescolar tras bambalinas con el entusiasmo en un 100% repitiendo la coreografía al ritmo de Hooked on a can del británico Louis Clark para que sus alumnas y alumnos no olvidaran los pasos. Los de primaria mayor (5-6 grado) con la rola de Bitter Sweet Symphony de la agrupación británica de rock alternativo The Verve mostraron en un cuadro móvil una puesta de sol, una de esas 43 que el principito contempló.  ¿Ahora comprenden los ojos de luna llena de algunas madres y padres de familia? Sus hijos siguiendo el ritmo de una clásica melodía que se catalogó entre las 100 mejores canciones por la Revista Rolling Stone, un himno urbano de finales del siglo XX, rola que seguro más de dos no conocían, como el libro que escribió el francés.

El asombro de los asistentes fue tan grande que cuando una de las niñas que interpretó a el principito gritaba a todo pulmón – “Los adultos no entienden nada, necesitan que se les hable mediante cifras; y es que las aman profunda y desesperadamente”; justo en ese momento mamás y papás no sabían si llorar o gritar y aplaudir de emoción. – Yo le aplaudí.

Aplaudí porque las niñas estaban seguras de sí mismas, sin temores, sin pena, y lucían empoderadas, pero sobre todo porque los números musicales tenían una enseñanza de vida basado en la obra literaria de Antoine.

¡Bravo porque en las escuelas hay literatura, teatro, música clásica y danza contemporánea! Pero sobre todo bravo por la diversidad en donde las niñas y niños aprendieron de la vida, del valor de la amistad y del amor, y fue gracias a la magia del arte.

Pero doble bravo porque quizás sin ser el objetivo principal de quien planeó el festival, se tuvo mayor impacto en la vida de las y los espectadores; el asombro no fue porque su hija no salió de la virgen María o porque su hijo no era Rodolfo el reno, sino porque se nos olvidó que alguna vez fuimos niñas y niños, y el festival lo recordó constantemente en sus ocho actos.

Ya no nos sorprende la puesta de sol, alguna rosa o la verdadera amistad, ahora nos ocupamos solo de la vanidad, de los negocios, o de llevar una corona a donde quiera que vayamos ¿seguiremos solo viendo sombreros? ¿o estaremos dispuestos a mirar con el corazón?

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