La última persona en verme fue la señora que se cruzó conmigo cerca de la parada de autobús en el monumento a los Héroes. No reconoció mi rostro en las redes sociales, en las hojas pegadas a los postes “Se busca” pero recordó esa noche porque no estaban funcionando las luces de la avenida, solo la luz de la luna iluminó ese fugaz saludo – buenas noches.
La chica del local al que fui horas antes de mi desaparición dijo en su declaración que habíamos platicado en dónde comprar una pistola de toques porque ambas estábamos acostumbradas a viajar y caminar solas por la calle. Pero el conocer que en Guanajuato aumentó el número de asesinatos a mujeres, nos puso la piel chinita.
En 2017 los asesinatos sumaron en el estado 171, doce meses después la cifra ascendió a 326, Guanajuato se convirtió en un cementerio de mujeres acribilladas, calcinadas, torturadas, atadas con cinta industrial, golpeadas, violadas, degolladas, descuartizadas, encobijadas, tiradas en caminos de terracería, en posiciones ultrajantes.
Lo último que escuché al salir del negocio de la chica fue – vete con cuidado. En la reconstrucción de los hechos la hora que salí de ahí su reloj colgado en la impecable pared blanca marcó las 7:30 de la noche, cerré su puerta y caminé sola por el fraccionamiento San Cristóbal.
Vestía una chamara negra, un vestido gris, medias negras, un bolso azul con líneas rojas.
En mi celular encontraron tres llamadas perdidas de mi mejor amiga, acordamos un día anterior que me llamaría y nos pondríamos al tanto de nuestras actividades. También había mensajes de mi mamá para preguntarme si ya había llegado a casa. Cuando me despedí bajé de su auto y le dije a punto de grito, avísame cuando llegues.
Unas semanas atrás pensé en descargar la app “no estoy sola” pero lo dejé pasar. Vi algunos videos de defensa personal por internet, le di me enoja a muchas publicaciones que hablaban de como mataron a mujeres y no pasaba NADA. Sentía miedo, como muchas otras mujeres con las que platiqué semanas antes.
Escuché a unas señoras en el camión en el que voy al trabajo, las opciones que estaban considerando para cuidarse al salir a la calle, yo estaba atenta, pero después la música del “Buki” a todo volumen del chofer no me dejo oír nada.
Imaginé a mi mamá leer un poema que imprimí una noche de insomnio, sus grandes ojos verdes se oscurecieron por la rabia, el enojo, la impotencia, la desolación, la tragedia. Sus manos pequeñas con estragos de la edad sostuvieron la hoja que en el encabezado decía así:
Ojos
“Es cierto, le pregunté / ¿por qué lloras tanto má? / Y ella me decía, así, sin dejar de llorar:/ porque nosotras tenemos ríos adentro / y a veces se nos salen, tus ríos aún no crecen, / pero pronto lo harán.
Me enamoré de ese poema, de la historia de Nadia López García, mexicana escritora que combate la discriminación con poesía. Sentí un nudo en la garganta porque jamás vi a mi madre llorar tanto, juntas pasamos por cosas dolorosas, pero nada como esto. Ella enmudeció, solo gritó y luchó para que yo fuera la última a la que le ocurría algo así.
Recuerdo que alguna vez en la preparatoria visité el cementerio de un pueblo fantasma, Mineral de Pozos, yo y otros amigos corrimos como si no hubiera mañana, la adrenalina dejó ver en nuestros rostros que el “miedo no anda en burro”. Pero ahora, ya estaba, me dejarían ahí sin haber pensado jamás en qué diría mi epitafio, nunca lo pensé, jamás consideré como se vería mi tumba después de ser llevada en contra de mi voluntad, ultrajada, torturada, violada, calcinada…
Tal vez debí encerrarme como Virginia Woolf y no salir de mi habitación, y que al morir mis cenizas quedarán bajo un árbol. – Nunca se lo dije a mi madre-.
Es un hecho, nos están matando.
Es una realidad, el feminismo nunca ha matado a nadie, pero el machismo sí. El tipo que me mató ya había violado, secuestrado y asesinado a más mujeres. Las que se atrevieron a denunciar pasaron 12 horas en el MP bajo acciones que las hacían sentir culpables, violentadas nuevamente. Las que no denunciaron, la terapia, talleres y tal vez el yoga abatieron su dolor, pero jamás se esfumó.
Mis carnalas, amigas, vecinas, mujeres que marcharon para alzar la voz por mí, señalaron su lucha, su dolor, la indignación es mucho mayor porque andamos con el pelo morado, pañuelos verdes, con los senos descubiertos, con pañoletas en la boca, pero no porque nos están matando ¡Jamás porque nos están matando!
A todos, a todas nos compete el alto a los feminicidios #0000 porque la próxima podría ser tu mamá, tu hermana, tu novia, tu, hija, tu tía, tu vecina, tu amiga. La siguiente página queda en blanco para decir no al patriarcado, no a la discriminación, no a la violencia.
¡NO ES NO!

Ahora si me deja sin palabras tu columna. Ya no se sabe si empezar por difundir masivamente la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres como iniciativa dentro de todas las aulas de todos los niveles educativos, o estudiar y atacar todos esos sutiles y no tan sutiles mensajes cotidianos que los padres les dan a sus hij@s que los va paulatinamente haciendo de ellos unos desnutridos emocionales y mutando en misóginos crónicos.
Impacta el qué y el cómo en esta columna.