El chino y su perro

Jadeando daba un paso tras otro una mujer de piel blanca, sus brazos y manos le temblaban y de la frente le escurría el sudor que tocaba sus labios al ritmo de las manecillas del reloj. Titubeaba palabras al acercarse a su destino, su esposo sin hablar y su hijo caminaba a paso lento escuchando el cuchichear de la gente por la calle, veía ceños fruncidos en mujeres y hombres que torcían el cuello al verlos pasar. El niño enojado les lanzaba una fuerte mirada a los ojos atónitos de la gente en el pueblo, pero al llegar a su destino sonreía y se sentaba orgulloso junto a su padre.

Los sábados por la noche eran los días asignados para la santa misa, escuchar el sermón del padre y regresar a casa a cenar. Ese espacio santo era una catarsis de sentimientos parecido a la montaña rusa. Cansancio, enojo, timidez, rabia, desesperación, frustración, angustia, miedo, esperanza, fe, amor. Pero aquella familia no fallaba su visita, aunque para los tres integrantes el camino a la comunión era parecido al mismísimo calvario. La madre y el padre jamás escucharon un cuestionamiento o queja de su chino, como le decían de cariño, él solo seguía el andar de los adultos.

Una noche el chino vio abierta la puerta de la habitación de sus padres y se metió sigiloso. Se tiró en la alfombra roja de la recamara y raspo sus codos y rodillas para meterse debajo del mueble que guardaba la ropa, ahí no lo descubrirían era lo suficientemente flaco para ocupar ese rinconcito. A los pocos minutos el chino salió llorando y corrió al jardín a abrazar a su perro y le contó en secreto lo que escuchó. A nadie más le confió su secreto porque sabía que su perro jamás lo traicionaría.

Una mañana de domingo el perro ladraba desesperado y corría de un patio a otro con rapidez que despertó al niño. Se levantó y se puso unas chanclas que le bordo su abuela y camino hacía la cocina que olía a té, de ese que le daba cuando comía muchos dulces – de hierba de perro.

El desayuno ya estaba sobre la mesa y su abuela lo abrazó y besó sus mejillas flacuchas – Tu mamá y papá no estarán en casa por algunos días, solo tú y yo – también mi perro abuela, dijo el niño mientras intentaba llevar la cuchara con caldo de frijol a su boca. Las mañanas eran frías pero el chino sin rezongar se ponía su uniforme de la escuela y pasaba a la casa de un amigo del barrio para irse juntos; aunque nunca entendió por qué su vecinito nunca tenía ganas, solo un par de veces al mes llegó a la escuela. – Años después el chino vio afuera de la casa de su vecino unos tenis colgados en el cable del poste de luz, un moño negro y un montón de chiquillos corriendo a una camioneta del año.

El chino llegaba de la escuela y le leía a su abuela, ella era experta en el arte de amar y de las delicias de la cocina, pero no de leer. Una de esas tardes mientras le leía a su abuela en el jardín su perro ladraba cerca de la puerta, en señal de que alguien entraba. Eran sus padres. El perro brincaba – ¡piche perro quítate! gritaba la mamá (las ojeras apenas y le dejaban ver a su paso).

  • El niño eufórico corrió y grito ¡mamá, papá volvieron!
  • ¿Cómo te va mi amor? preguntó su mamá mientras le besaba la frente

El perro no dejaba de ladrar – ¡cállate Zeus! ¡cállate! gritaba y se abrazaba a una de las piernas de su padre, la otra se la habían amputado.

Un par de minutos la casa quedó en silencio.

  • Papá, el sábado cuando vayamos a la plaza yo ayudaré a mamá, ahora me tocará a mi empujar tu silla. Buscaré el mejor camino y llevaré unas tablas para poderte subir a la banqueta, esquivaré los carros, ¡Zeus nos ayudará! ladrará (y morderá si es necesario) a los que se les tuerza el cuello al vernos pasar.

El padre sonrió.

Dedicado a las niñas y niños con algún familiar con discapacidad.

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1 COMMENT

  1. Maravilloso tributo a aquellos que buscan vivir el día a día de la manera mas natural aún cuando sus condiciones físicas los encaminan por rutas a veces mas largas que las de aquellos a quienes se nos fue otorgada una anatomía “completa”.
    Mmmm!, Sutilmente adviertes también que existen otras discapacidades que se llevan en la cabeza o en el corazón. Como tus lectores, tenemos que ser muy autocríticos si padecemos de alguna como éstas: discapacidad empática, compasiva, proxémica o de compenetración.
    P.D. Saludos al chino =).

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