ColumnaLa Torcaza Cínica

Cuando me cuido, cuido

Psicólogo Alejandro Ruiz Galicia

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2016-2017, 8.4 millones de personas entre los 12 y los 65 años señalaron haber consumido alguna vez drogas ilegales. Esto representa un aumento del 47% en los últimos 7 años. Si bien, el experimentar con una droga no se traduce necesariamente en el desarrollo de una adicción, es así como se inicia esta enfermedad que padece no sólo el consumidor, si no, su círculo más cercano.

Una inquietud natural en familiares de personas que presentan trastornos por consumo de sustancias, es el deseo de saber cómo ayudar a su ser querido ante lo que le aqueja. Estrés, ansiedad, tristeza, desesperación, miedo, culpa, enojo, son emociones frecuentes resultantes de la confusión, el desconocimiento y la información falsa con la que la mayoría de las veces se cuenta.

Ante esta situación es usual que algunas personas de la familia, principalmente mujeres, dado que muchas veces son educadas para cuidar a otros, sufran las afecciones más visibles. Afecciones que, por la expectativa cultural que de ellas se tiene, son convertidas en virtud y muestras del sacrificio que una mujer “debería” de vivir como ratificación de su rol. Intentos de control de la conducta del consumidor, esfuerzos de mediación de los conflictos familiares, encubrimiento de las conductas inadecuadas del consumidor, desinterés en el propio bienestar, abandono de metas personales, absorción de los gastos del familiar, son algunas de las conductas que deterioran el bienestar de estas mujeres.

La experiencia de los hombres tiende a ser distinta, el rol de protección se vuelca hacia las personas que están siendo afectadas por el consumidor, llevando a enfrentamientos con quien presenta la adicción y promoviendo hacia él una actitud que bordea los extremos de la más estricta vigilancia y control, al rabioso desinterés y renuncia al lazo con el enfermo.

La duda entre si lo que necesita el enfermo es ser limitado, tocar fondo, escarmentar  -o si por el contrario- es comprensión, escucha y paciencia lo que requiere, es una trampa en la que los miembros de la familia y la sociedad acostumbran caer.

Imaginamos el amor como algo inmensurable, ilimitado, continuo. Suponemos las reglas como límites dolosos, lindes a la libertad, imposiciones a la intimidad del ser.

Esta dicotomía ha de ser superada a fin de acercarnos a la comprensión de lo que ocurre. Pensar los límites como manifestación del amor; las reglas como muestra de tierno cuidado; el apoyo familiar como árbol que no siembre da sombra pues tiene su propio otoño; es el primer y más complicado reto de quienes sufren por la enfermedad del otro.

La búsqueda de ayuda profesional, grupos de autoayuda como Al Anon o Al Ateen, la práctica deportiva, el desarrollo de nuevas habilidades, la pertenencia a un círculo social saludable, el cuidado de la propia salud; son prácticas indispensables cuando un familiar padece adicción.

Ante la pregunta ¿Qué hago para ayudar a mi familiar?, la respuesta primera es: comprométase a estar lo mejor posible, a no enfermar, su familiar no podría perderle ahora.

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